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Mujeres abogadas

OPINIÓN: Mauricio Jalife Daher

El mundo de los abogados solía estar dominado por hombres. Hombres de corbata. Hombres de traje oscuro. Hombres de mirada asertiva. Hombres y más hombres. El perfil del imaginario colectivo del rol de la profesión cazaba a la perfección con las notas distintivas del macho tradicional. En las fotografías de los abogados que integran los despachos, aún en muchos de ellos, la presencia de mujeres resultaba anecdótica.

Todavía en la universidad, el porcentaje seguía siendo avasallador del lado masculino. Las intrépidas que se enlistaban en la carrera eran blanco de toda clase de suspicacias. La menos grave: “que estaban buscando marido”. En nuestro oficio, hace apenas 30 años, a las mujeres las considerábamos intrusas en una profesión diseñada por y para hombres; y aquella que osaba destacar por su capacidad y conocimiento, entonces la atacábamos equiparándola “con uno más de los nuestros” -por usar un eufemismo-.

A lo largo de más de 35 años de dar clase en licenciaturas y posgrados, la ecuación y la sensación fueron cambiando aceleradamente. La presencia femenina en los salones de clase no solo era cada vez más numerosa, sino que su participación en la discusión empezó a marcar la diferencia. El punto que siempre identifiqué como un diferenciador era el nivel de compromiso con los propósitos del curso y el interés por participar, o dicho de otro modo, en la necesidad de “ser parte”. El cambio no fue una concesión graciosa del sector masculino, sino una valiente incursión cotidiana de las mujeres en territorio enemigo.

En el sector del derecho, la misoginia, hay que reconocerlo, llenaba todos los espacios en las escuelas, los despachos, los tribunales y hasta en las instancias de gobierno. La propiedad del territorio se ejercía hostigando, acosando, haciendo bullying, y claro, pagando menos por el mismo trabajo.

En nuestra firma percibimos el cambio. Cada vez que una posición debía ocuparse, una mejor -perdón, una mujer-, tenía un perfil más completo que los competidores hombres, hasta el punto en el que, sin ser una política explícita, un día, las mujeres ocupaban el 70% de nuestra plantilla.Las notas que reiteradamente encontrábamos en nuestras abogadas eran las del compromiso, la honestidad, la disciplina y la responsabilidad, siempre sin dosificación, nunca bajo condiciones.

Además, en la parte fina del análisis legal, las mujeres aportan visiones más completas, más humanas y más útiles, para un mundo que debe hoy mirar los conflictos legales desde una perspectiva novedosa. Una nota más que miro como diferente, es la predisposición natural a formar un ambiente de colaboración y de trabajo en equipo, antes que la tradicional competencia destructiva de los despachos jerárquicos.

Hoy, de las cosas que más agradezco de ser abogado, es coincidir, todo el tiempo, en todos los foros, asociaciones, mesas redondas y salones de clase con abogadas combativas y sabias; líderes conscientes para construir entre todos este brutal desafío que se llama “estado de derecho”.

 

 Fuente: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion